En 2017, Alexandre Oger era solo un joven pasante en la Federación Francesa de Béisbol. Allí aportó su conocimiento en derecho deportivo como quien coloca la primera piedra, seria y aplicada. Pero, una vez finalizada la jornada, otra vida se abría: por la noche, en el silencio, volvía a escuchar las voces de sus antepasados. Sobre todo la de su abuelo, que contaba la Indochina con sus aromas de salitre y pólvora, el arsenal de Rochefort vibrando de metal, los barcos lanzándose hacia lo desconocido, y esos cachorros de tigre domesticados entre los soldados. Luego la voz dulce de su abuela, prolongando el relato, evocando con más precisión aún la Asia militar, la bahía de Halong, los fragmentos de memoria de un marinero en el exilio.
Entonces, la escritura lo picotea, lo muerde. Vuelve. Alexandre ya se había arriesgado antes, pero sus textos habían quedado en secreto, escondidos en cajones. Esta vez, algo toma forma: la estructura de una novela personal, una ficción que abraza la verdad de los recuerdos. Se deja llevar, construye un relato donde el olvido renace. A través de un personaje llamado Hugo y un narrador de treinta años que no le es ajeno, organiza un ballet de ecos, espejos y confidencias.

Las sombras de Belmondo y su Paul planean sobre sus páginas, Steve McQueen lanza una pelota de béisbol contra un muro invisible, Hugo Pratt sopla su gusto por el viaje, Sergio Leone deposita sus músicas italianas como un coro lejano, y Céline susurra sus frases nocturnas del Viaje al fin de la noche. Todo esto alimenta el impulso.
En Rochefort, François Rochon y las ediciones SAS Culture le tienden la mano. Alexandre se atreve entonces a cruzar la frontera: ya no será solo aquel que escribe para sí mismo, será aquel que publica. El abandono se convierte en el título de su primera novela. Estas palabras, las ha trazado con lápiz, a la antigua, sin que ninguna inteligencia artificial se interpusiera en el gesto ni en la revisión. Incluso la fotografía de la portada se ancla en el archivo, habitada por la figura de su personaje Hugo. Como un homenaje: su abuelo podría haberse llamado Corto.
Su estilo, en cambio, camina entre brutalidad e inocencia, entre la violencia desnuda y la ternura de la infancia. Un lenguaje liberado, a veces crudo, argot, que sin embargo no utiliza en su vida cotidiana. Allí reside su liberación: en este paso a una voz que no es exactamente la suya, pero que lo revela.

¿Y mañana? Mañana ya no pertenece al autor. Porque una vez el libro impreso, el texto se convierte en presa de los lectores. Alexandre mira estos primeros retornos como se acecha el horizonte: dan esperanza. Ya, una segunda novela brota, otra intriga, otro lugar. Pero siempre esta fidelidad: un anclaje sólido en su tierra, la Charente-Maritime, su fuente, su puerto de amarre.
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