Hay libros que se abren como puertas secretas, novelas que te atrapan antes de que hayas cerrado la primera página. Este es de esa clase: una novela de misterio esotérica que se devora a toda prisa, como se traga un sorbo de agua fresca después de una larga caminata bajo el sol. Se cree tomar un momento de descanso, pero es la historia la que te lleva, jadeante, implacable. ¿Cuatro horas? Apenas el tiempo de respirar. La narración avanza a un ritmo vertiginoso, y casi se agradece al autor haber sembrado aquí y allá, inmersiones en el pasado – pausas salvadoras, respiraciones narrativas que permiten no desmayarse de embriaguez literaria.
Tres destinos, tres desconocidos al principio, tres almas que el azar o el destino (da igual, todo se confunde aquí) van a unir en una búsqueda tan fascinante que se olvida hasta la existencia de los diccionarios. ¿Una palabra rara? Da igual, se pasa, se corre, se deja llevar. Porque de eso se trata: una carrera, una caza, una iniciación. El béisbol, omnipresente, no es solo un deporte, sino una metáfora viva, una pelota lanzada a través de los siglos, cargada de secretos, de símbolos, de esa magia que hace que cada lanzamiento sea un viaje, cada recepción una revelación. El autor, quirúrgico en su precisión, no se embrolla ni con florituras ni con digresiones inútiles. Todo está ahí, justo lo necesario para entender, para sentir, para vibrar. Y uno se sorprende, página tras página, corriendo con los personajes, buscando con ellos, esperando, temblando.

Los lugares, después. Escenarios que no son simples telones de fondo, sino actores a parte entera, espacios misteriosos, casi sagrados. Tan pronto como el libro se nos escapa de las manos, nos precipitamos hacia las pantallas, ávidos de imágenes, de videos, como si estos paisajes aún guardaran, en algún lugar, el eco de los secretos que el autor ha depositado allí. Los tres protagonistas, rápidamente, se convierten en compañeros de viaje. Sus rostros se dibujan en la mente del lector, no porque sean descritos con minuciosidad, sino porque están habitados, carnales, vivos. A su alrededor, una galería de personajes secundarios, todos necesarios, todos portadores de una luz o una sombra, facilitando o obstruyendo la búsqueda, pero siempre, siempre, haciéndola más densa, más cautivadora.
Y luego está la revelación. ¿Cuántas veces se han leído promesas de secretos excepcionales, para no obtener más que un sabor de incompleto, de espejismo? Aquí, no. El final está a la altura de la espera, rico, nutritivo, de esas revelaciones que te dejan satisfecho, pero ya hambriento de la continuación. Porque se siente, se adivina: la historia no está cerrada. Zonas de sombra persisten, rincones por explorar, misterios que aún murmuran. Se cierra el libro preguntándose cuándo saldrán los volúmenes dos y tres, como se abandona un banquete esperando ya el siguiente.

Se cree entenderlo todo, comprenderlo todo, y sin embargo, se siente bien que el libro se nos escapa, que nos supera, que nos deja ante cuadros tan ricos en detalles que no lo hemos visto todo, no lo hemos entendido todo. El autor, en mago, nos lleva mucho más allá de la intriga: nos empuja a pensar, a progresar, a cuestionar nuestro propio lugar en el gran juego del mundo.
Entonces, si te gusta el béisbol, la historia, lo esotérico, las búsquedas que te traspasan el alma, sumérgete. Pero cuidado: una vez empezado, tendrás mucha dificultad para parar. Porque este libro, ¿sabes?, no es solo una lectura. Es una experiencia. Una iniciación. Una pelota lanzada en la noche, y que, quizá, nunca caiga.
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El grand slam de Marylin, Vol 1 de la Saga AA; Didier Cannioux, en las Ediciones Illis, 19€
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Michel G.





