Curva o rápida: Francia a la zaga en la búsqueda de los lanzamientos
En los estadios de la División 1, es imposible saber a qué velocidad sale la pelota, ni siquiera qué tipo de lanzamiento acaba de ejecutarse. Una ceguera estadística que contrasta con los estándares internacionales.
En los terrenos de nuestro campeonato francés, los lanzamientos siguen siendo un misterio. A diferencia de la Major League Baseball (MLB), la División 1 aún no está equipada para calificar, y mucho menos cuantificar, los pitches que se suceden a lo largo de los innings. Solo algunos comentaristas atrevidos se aventuran a designar, por el oído y el ojo desnudo, un rápido o una curva. Pero sin radar, sin pantalla, sin sistema de seguimiento oficial, todo queda en el condicional.
Se recuerda con nostalgia las transmisiones en Sénart, donde un radar conectado mostraba en directo la velocidad de los lanzamientos en la pantalla de anotación. Una tecnología digna de la MLB… hoy relegada al pasado. Para recuperar estos datos valiosos, se necesitaría una organización digna de las grandes ligas: un operador dedicado junto a los anotadores, un radar digital por club, y una voluntad federal de mutualizar las compras para garantizar calidad y homogeneidad. Una idea para soplar a la comisión deportiva?

La revolución del radar: una cuestión de ritmo
Incluso en los Estados Unidos, los radares de velocidad no forman oficialmente parte de las estadísticas hasta 2008. Desde entonces, la transformación ha sido radical. El perfil del lanzador moderno tiende hacia una sola dirección: la velocidad.
Los tipos de lanzamientos son bien conocidos: fastball (rápido), slider (glissante), curveball (curva) y knuckleball (papillon). Otros, más exóticos, existen en los márgenes. La lógica querría que cada tipo encuentre su lugar según el contexto del duelo con el bateador. Pero las cifras muestran un deslizamiento neto hacia la velocidad. Los dos primeros lanzamientos (rápido y glissante) flirtean con los 85 a 106 mph, mientras que los otros dos (curva y papillon) se quedan por debajo.
Las estadísticas confirman la tendencia: en cinco años, las curvas y papillons han pasado del 11 % al solo 8 % de los lanzamientos. El radar se ha convertido en un juez implacable. En 2008, apenas se contaban 220 lanzamientos que superaban las 100 mph. Hoy, son casi 4 000 por temporada.

Eficacia o moda pasajera?
Curiosamente, esta elección no está dictada solo por la eficacia. De hecho, el promedio de bateo contra las bolas curvas es de .225, frente a .265 para las bolas rápidas. La curva es, por lo tanto, objetivamente más difícil de batear. Sin embargo, los entrenadores y los lanzadores prefieren la rápida, especialmente para terminar los turnos al bate con estilo.
¿Por qué? Porque la bola rápida permite obtener strikeouts espectaculares, con swings al vacío en la parte superior o inferior de la zona. Porque el escalofrío del radar que se descontrola se convierte en un símbolo de dominio. Porque en el imaginario colectivo, la potencia impresiona más que la finura.
Sin embargo, el béisbol no olvida a sus maestros de la curva. Clayton Kershaw, ícono de los Dodgers, acaba de firmar su strikeout número 3 000 con su famosa curva, una celebración mucho más destacada que los 104 mph del prospecto Raimon Gomez con los Mets, o incluso los de Aroldis Chapman con los Red Sox.

¿Y Francia en todo esto?
En nuestro país, no hay radar, no hay estadísticas, pero un hecho visual: ningún lanzador francés formado localmente (JFL) parece alcanzar las velocidades de los extranjeros presentes en la D1. Sin embargo, la esperanza existe. Nuestros mejores brazos ya se han ido al extranjero.
Mathias Lacombe, bajo contrato con los White Sox, flirtea con los 96 mph.
Quentin Moulin y Nicolas Antoine, que juegan en Alemania, alcanzan los 93 y 90 mph, respectivamente.
La relevo se está preparando. Quizás aprenda en el extranjero lo que no ha aprendido en las escuelas francesas, pero podría traer consigo la ciencia del pitch moderno. Siempre que Francia sepa finalmente observar, medir… e invertir.






